Y esto
tendréis por señal: encontrarás que ha nacido en tu corazón:
Si estás
vacío como el pesebre y no eres un contenedor saturado de objetos en desuso.
Si
permites que en las capas más hondas germine la semilla de la Vida.
Si te
admites incompleto, inacabado.
Si no te
acoplas, ni acomodas, ni adaptas.
Si no es
el pasado el protagonista de tu modo de vivir.
Si
recorres las cosas, una tras otra, sin adueñarte de ellas, soltándolas al ir
de una a otra.
Si
permites la diferencia y amas la diversidad.
Si no
confundes el enrejado de tus fronteras con la plenitud.
Si la
dispersión no aplasta el futuro que late en este ahora.
Si no
desatiendes lo inmediato ni las menudencias cotidianas y sabes percibir en
ello el aroma del amor.
Si te das
cuenta que lo único real es invisible.
Si
adviertes que una cosa es la sabiduría del corazón y otra la erudición de
las cosas.
Si crees
que la vida no se toma por la fuerza, sino que solo se da, se entrega en el
silencio.
Si ves
que cuanto más comprendes y sabes de Dios más te queda por saber y
comprender.
Si te
dejas mecer, sin miedo, por el soplo creador de la vida.
Si las
relaciones dejan de ser un atentado amenazador y se convierten en la
posibilidad de un nuevo reconocimiento.
Si a
diario estás en forma para la integración y la transformación.
Si ves
cada cosa envuelta en una como aureola de luz que protege y muestra, a la
paz, el tesoro oculto.
Si ves
que no existe un fuera donde arrojar los objetos porque todos los has
asumido.
Si tu
escucha es tan pura que llega a percibir la música vibratoria del cosmos.
Si no
construyes con restos depresivos y nostálgicos, el pesimismo de un ayer que
pasó.
Si crees
que en tu silencio, en tu vacío desértico, brotará lo nuevo, lo inefable.
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