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HAMBRE DE NAVIDAD, ¿HAMBRE DE DIOS?

 

Hace casi tres meses que en las calles de la mayoría de las ciudades comenzaron a disponer todo para colgar los adornos luminosos que acompañan las fiestas de Navidad. Todos nos sorprendimos de esa premura en colocar los montajes de colores. Pareciera que había hambre de Navidad. Hambre de familia.

 

¿Hambre de Dios?

 

Seguramente que sí. Para muchos la Navidad los retrotrae a tiempos donde todo parecía más claro, más sencillo, donde había una gran carga de esperanza. La Navidad, indefectiblemente, nos lleva hacia tiempos de seguridad, alegría, familia. Y en ese contexto la presencia de Dios era un elemento imprescindible. Quizá, para algunos, ese Dios se ha ido desdibujando, pero, aunque perdido en las profundidades del inconsciente, sigue resonando aquel mundo maravilloso donde Dios era familiar.

 

A veces creemos que la experiencia nos ha ido borrando ese momento donde esa presencia era real. Hemos vivido un año de sequía familiar. La Navidad se vuelve ese reclamo de algo que va muy dentro de nosotros, conscientes de que allá, en el fondo, destella la figura de un Niño Dios. Quizá la fe también se ha resentido ante el desconcierto que nos trajo la pandemia y, así, muchas de esas atávicas costumbres a las que vivíamos unidos, se han resquebrajado. La sequía lo invadió todo. Un año más la Navidad nos devuelve esa llamada de la trascendencia, unida a todos esos ritos sociales que estos días adquieren especial relevancia.

 

Vuelven a emerger tradiciones imborrables en cada familia y ponen en movimiento muchos resortes un tanto enmohecidos por la distancia.

 

Las sesiones de familia proliferan y esa sequía vivida, da a las reuniones un sello de necesaria cercanía de los que queremos. Son fiestas que las nuevas costumbres no han conseguido eliminar de nuestros horarios. Las raíces familiares no se borran con facilidad, ni siquiera por decreto. Forman parte del entramado más hondo que forman los sentimientos de todas las personas.

 

Unos se conforman con reunirse y se animan a celebrar lo mejor que pueden estas fiestas. Otros lo hacen recordando el sentido cristiano de estos días, porque la Navidad nace ahí, en el momento en que Jesús llega a nuestra tierra. De ahí parten la sencillez de estos encuentros. Por eso, estos días nos preside un niño desvalido, sonriente, cargado de ternura. Es tiempo para festejar su venida.

 

Todos necesitamos vivir con las tradiciones. Son las que nos dan una identidad, un tanto deshilachada, pero verdadera. Por eso, se acude a lo que siempre da ambiente peculiar al paso de las horas: villancicos, que resuenan en los hogares y en las calles y crean ese ambiente de fiesta, de nostalgia, de la niñez perdida y añorada, luces, fiestas familiares. También el recuerdo de los que faltan y tiñen las reuniones de una tristeza serena y escondida frente a los huecos que ha dejado su marcha.

 

Como cristianos no tenemos derecho, y sí obligación, de no olvidar el sentido de estas fiestas. Y así se percibe en las ciudades, donde muchos escaparates exhiben el “nacimiento” y, como todos los años, alegra escuchar ese grito de alegría y esperanza que atraviesa nuestros encuentros: ¡Feliz Navidad!

 

Pues eso, ¡¡feliz Navidad!! a todos los que siguen mirando a la Peña de Francia con esperanza.

 

 

Salustiano MATEOS, dominico