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LOS BOSQUES QUEMADOS DE MI INFANCIA

La infancia es la patria (R. M. Rilke)

Alguien me zahirió, no hace muchos días, diciéndome: “Emociónate una vez en la vida … Tanta contención dominicana…” No supe interpretar muy bien esas palabras, pero sí me provocaron cierto malestar. Me entristeció comprobar que esa persona, o no me conocía del todo o, quizá, a pesar de ello, quería provocarme no sé muy bien a qué.

 

Mi pueblo, Monsagro, estaba siendo devorado por las llamas. Interpreto que él quería verme expresando mi tristeza y mi preocupación de una forma ostensible, con lamentos o llorar por la pérdida de lo que había sido el contorno de mi infancia. Creo que él sabía poco de mis sentimientos acerca de mi pueblo. Los monsagreños no somos dados a manifestar sentimientos de forma ostentosa. Sentimos en profundidad, pero no acostumbramos a manifestarlo de forma llamativa. Lloramos cuando hay que llorar y nos alegramos cuando hay que alegrarse, pero no somos gente de expresarlo con grandes lamentos o exclamaciones.

 

Eran días de nervios, esperando constantemente noticias sobre el fuego. Las llamas estaban siendo controladas por un grupo de hombres y los medios, nunca suficientes, de que disponían para que el pueblo se salvara de la devastación. Todos sus alrededores que constituía un paisaje verde, pespunteado por pedrizas grises, estaba siendo arrasado, destruido, asolado por las llamas. Ese paisaje que causaba admiración por su belleza natural, cautivadora, iba cambiando y el verde se veía engullido por las llamas dejando tras de sí eso que suele compararse al paisaje arrasado después de la batalla.

 

Esas llamas iban destruyendo parte de mi infancia, familiarizada con esos bosques de pinos, robles, carrascas, encinas, alisos, brezos, mezclados con picachos donde anidaban águilas y se escurrían animales salvajes siempre recelosos de lo humano. Por allí pululaban conejos y zorros y multitud de pájaros. Todos habrán perecido envueltos por las llamas. El fuego ha ido devorándolo todo y tras ello iba pareciendo un bosque fantasmal, hecho de negrura y tierra calcinada. Era la muestra de la destrucción que se extendía por todas partes, desde la cumbre hasta el río. Era la muerte de todo lo que había sido vida, fuente de trabajo y alegría, infancia destruida donde ya no se podrían asentar recuerdos entrañables porque una parte del escenario que la envolvió había desaparecido.

 

Había sido un paisaje alegre, abierto, generoso, donde descansaba la vista. En verano era refrescante contemplar tanto pino verdeando en la distancia; otras veces, esos pinos se convertían en alivio al sentir la caricia del viento refrescante, cuando descansabas leyendo a su sombra, no lejos del río. Llegaría el invierno y su color se mantendría firme, aunque el suelo que lo rodeaba estuviera comido por el frío y mostrara un color grisáceo guardando celosamente la semilla que surgiría en primavera para colorear la ladera de esperanza.

 

Ese paisaje que iba muriendo con el fuego, me parecía una escena cruel. Volvía a mi recuerdo las veces que, acompañando a mi padre, nos acercábamos a la Agadón, ese pequeño valle a los pies de la Peña de Francia. Era este un lugar que para mis pocos años tenía aspecto paradisíaco, donde había siete u ocho “corrales” con un millar de cabras. Allí había sido conducido el ganado el día de San Pedro y allí permanecería hasta la llegada del otoño. Allí había pastores, nada bucólicos, pero sí personas que sabían disfrutar la paz, el silencio y la contemplación de paisajes familiares que se identificaban con la historia de cada uno. Llegar hasta aquel lugar, donde nace el río Agadón, era escuchar pequeñas historias lugareñas, reconocibles en sus detalles. “Mira, ¿ves aquella peña que sobresale entre los brezos? Allí falleció desangrado aquel montero al que se le disparó la escopeta, mientras vigilaba el monte, dejando una nota exculpatoria ante cualquier acusación de un posible sospechoso”. Era muy pequeño, pero no olvido la llegada del cadáver de aquel montero, sobre el lomo de un mulo, cubierto con una manta y atravesando la plaza camino del cementerio, donde le practicarían la autopsia. No se me han borrado aquellos pies, con sus botas oscuras, y moviéndose al compás del caminar del animal que lo transportaba, atravesando la plaza ante la mirada silenciosa y apagada de todos. Nadie hablaba. Todo el mundo percibía un ambiente de sospecha sobre quién podría haber sido el asesino. Pronto se aclaró todo y, de nuevo, el pueblo respiró aliviado.

 

Mi padre me señalaba lugares donde solían andar los lobos. Animal temido y perseguido porque mataba al ganado. Me inculcaba el miedo a perderme en aquellos bosques donde era fácil que te picara la víbora o apareciera el jabalí, pero siempre el animal más temido era el lobo. Y ahí llegan a mi memoria historias variadas de ese animal que se acercaba a lugares estratégicos donde sacrificar cabritos o llegar hasta las eras, ya cerca del pueblo. Recordaba la historia de aquella mujer que vivía a las fueras y aullaba respondiendo al sonido del lobo en la noche y murió de miedo cuando llegaron a su puerta y arañaban para poder entrar en su casa… Decían que, en la oscuridad, se distinguía bien al lobo, a lo lejos, porque sus ojos brillaban. Por todo ello, ir a La Agadón era ir de excursión a lomo de mulo o burro y alejarte nueve a diez kilómetros del pueblo. No había otras excursiones. Era comer al aire, aprender a ordeñar cabras, pescar en los riachuelos que van enriqueciendo el caudal del río que enseguida se convierte en el Águeda, cerca ya de Ciudad Rodrigo.

 

Ahí va quedando mi infancia, quemada también con esos pinares y perdiéndose, poco a poco, al no encontrar apoyo en ese paisaje querido. La carretera que nos acerca al pueblo aparecerá más silenciosa, como callada ante tanta destrucción. Los monsagreños volverán a sus costumbres y no olvidarán una experiencia traumática que marcará nuestra historia durante muchos años. Las sierras que acunaron nuestra niñez parece que se hubieran despojado de vida y solo queda la esperanza de que en tiempos venideros volverán a recuperar ese verdor revitalizador que, ahora, ha quedado devorado por las llamas. Quizá los que vengan disfruten de lo que fue y puedan recuperar la vida que nos han robado las llamas.

 

La historia seguirá fluyendo con sus altibajos. Para nosotros encontrará cada verano una fecha marcada por el dolor. Y ahí la esperanza tiene que encontrar un buen asidero en la imagen de nuestra Virgen de la Peña. Ella ha de ser siempre, como lo ha sido desde antiguo, nuestra esperanza. A ella hemos acudido pidiendo fuerza y ayuda. Ella nos devolverá la alegría de ver renacer aquello que las llamas se llevaron.

 

 

 

Salustiano MATEOS, dominico