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HAMBRE DE NAVIDAD, ¿HAMBRE DE DIOS?

 

 

 

 

Suele ser costumbre que, ante las cercanas fiestas navideñas, que las calles de nuestras ciudades comiencen a disponer todo para colgar los adornos luminosos que acompañan las fiestas de Navidad. Se suele acometer dos meses antes de las esperadas fiestas. Este año, las restricciones anunciadas, cambiarán esa precipitación por avisar luminosamente que la Navidad está próxima. Ese deseo de comunicar con antelación la llegada de estas fiestas, pareciera manifestar que hay hambre de Navidad, hambre de familia. ¿Hambre de Dios?

 

La Peña tendrá su propia decoración, la auténtica. La que varía en cada estación y aborrece artificialidades vanas. Habrá nieve abundante que nos garantizará el agua para el resto del año. El carámbano exigirá desplazarse con cuidado; resbalar es fácil. Ah, y las cadenas del coche, por si acaso… Es fácil dejarse llevar por la viene helada. Las escaleras precisarán de sal para facilitar el acceso a la iglesia, porque, aunque no lo parezca hay peregrinos que dejan constancia de su devoción acercándose en esos días donde uno no esperaría a nadie. En el interior habrá un Belén, si de los de verdad, y facilitará recordar que el tiempo que vivimos tuvo su origen en ese pueblecito palestino.

 

La Navidad en la ciudad será otra cosa. Muchas luces, mucho ruido, seguramente que sí. También serán días de nostalgia, de aquel tiempo que nunca desaparece y que cualquier villancico nos lo devuelve como si el tiempo no hubiera pasado, Para muchos la Navidad los retrotrae a tiempos donde todo parecía más claro, más sencillo, donde había una gran carga de ilusionada esperanza. La Navidad, indefectiblemente, nos lleva hacia tiempos de seguridad, alegría, familia. Y en ese contexto la presencia de Dios era un elemento imprescindible. Quizá, para algunos, ese Dios se ha ido desdibujando, pero, aunque perdido en las profundidades del inconsciente, sigue resonando aquel mundo maravilloso donde Dios era una realidad más explícita y más sentida.

 

A veces, creemos que la experiencia nos ha ido borrando ese momento donde esa presencia era intensa. Hemos vivido un tiempo de sequía religiosa. Pero. la Navidad siempre es un reclamo de algo que va muy dentro de nosotros, conscientes de que allá, en el fondo, destella la figura del Niño Dios. Quizá la fe también se ha resentido ante el desconcierto que nos trajo la pandemia y, así, muchas de esas atávicas costumbres a las que vivíamos unidos, se han resquebrajado. Esa sequía lo invadió todo. Un año más la Navidad nos devuelve esa llamada de la trascendencia, unida a todos esos ritos sociales que estos días adquieren especial relevancia.

 

Vuelven a emerger tradiciones imborrables en cada familia y ponen en movimiento muchos resortes un tanto enmohecidos por la distancia.

 

Las sesiones de familia proliferan y esa ausencia añorada, da a las reuniones un sello de necesaria cercanía de los que queremos. Son fiestas que las nuevas costumbres no han conseguido eliminar de nuestros horarios. Las raíces familiares no se borran con facilidad, ni siquiera por real decreto. Forman parte del entramado más hondo que integran los sentimientos de todas las personas.

 

Unos se conforman con reunirse y se animan a celebrar lo mejor que pueden estas fiestas. Otros lo hacen recordando el sentido cristiano de estos días, porque la Navidad nace ahí, en el momento en que Jesús llega a nuestra tierra. De ahí parten la sencillez de estos encuentros. Por eso, estos días nos preside un Niño-bebé desvalido, sonriente, cargado de ternura. Es tiempo para festejar su venida.

 

Todos necesitamos vivir con las tradiciones. Son las que nos dan una identidad, un tanto deshilachada, pero verdadera. Por eso, se acude a lo que siempre da ambiente peculiar al paso de las horas: villancicos, que resuenan en los hogares y en las calles y crean ese ambiente de fiesta, de nostalgia, de la niñez perdida y añorada, luces, alegría compartida. También el recuerdo de los que faltan y tiñen las reuniones de una tristeza serena y escondida, ante los huecos que ha dejado su marcha.

 

Como cristianos no tenemos derecho, a olvidar el sentido original de estas fiestas. Más bien, es nuestra obligación testimoniarlo. Y así se percibe en esta ciudad, donde muchos escaparates exhiben el “nacimiento” y, como todos los años, alegra escuchar ese grito de alegría y esperanza que atraviesa nuestros encuentros: ¡Feliz Navidad!

Pues eso, ¡¡feliz Navidad, peñíscola lector!! . Y si te acercas a la Peña, no olvides cantarle al Niño. Hazlo desde el corazón si la vergüenza te impide proclamarlo en alto, Piensa que ese Niño moreno siempre sonríe en brazos de María, pero en ese momento sonreirá con mucha más ternura, y te lo agradecerá. No lo dudes. Y, ya sabes, concluye con la jaculatoria: En las culpas y pena de mi pobre alma, La Virgen de la Peña es mi esperanza…

 

 

 

Salustiano MATEOS, dominico