CUADERNO DEL CAMINANTE

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Cuaderno del caminante

 

HOMBRE, VELA Y NO DUERMAS

 

Solía llegar a la Peña antes de las doce y se arrodillaba en el primer banco del santuario. Se le veía recogido en su oración. Me sorprendió porque era un joven, aunque pasara de los treinta. Un día lo invité a hacer las lecturas correspondientes de la eucaristía y lo hizo tan bien que ya se convirtió en lector habitual. Es lo que tiene hacer las cosas correctamente.

 

¿Por qué subir a la Peña viniendo más allá de los límites de la provincia? Ah, razones tendría. ¿Por qué molestarse en madrugar, en conducir más de doscientos kilómetros, para algo que se puede realizar a distancia, y solo para estar ante la imagen morena de la Virgen y regresar a su tierra? Pero es que visitar a la Virgen de la Peña se había convertido para él en una costumbre muy acendrada con sus razones. No había pereza para llegar hasta allá arriba. No había dudas en el alma, más bien seguridades profundas que clamaban en el interior. Y él las dejaba ante aquella imagen venerada desde el siglo XV.

 

Poco a poco las cosas se desgastan, se enfrían, se vuelven rutina o han cumplido su misión y parece que hay que cambiar. Y llegó el cambio. Ese cambio que te ha ocasionado algún amigo que no acaba de entender esa costumbre o algún escéptico que ridiculiza tu subir y bajar de aquel risco. O tu propia reflexión que ha descubierto otro modo de hablar con Dios. También está aquel que cree que no merece la pena dedicar tiempo a todo “eso” y que basta con dejarse llevar de lo inmediato.

 

Hay tantos que se prestan a la duda ante las seguridades vitales de algunos, que solo les queda el ridiculizar esos gestos sencillos, que no producen más que paz en el alma. Quizá nunca se pararon en ahondar en aquello que llevan dormido en el fondo del corazón y les inquieta más de lo que creen. Por eso, hay que distraerse, correr, cambiar, huyendo, a veces ni uno mismo sabe a dónde, con tal de no entrar en uno mismo, algo imprescindible si queremos darle profundidad a la vida.

 

Simón Vela, aquel joven francés que vino dejándose llevar por un eco interior, revolotea todavía por aquellas alturas porque hay muchos recuerdos de él. Trajo cansancio, magulladuras de los caminos, pero arrastraba con él tanta fe, que de Francia pasó a Santiago y de Santiago a Salamanca. Y desde aquella bulliciosa Salamanca llegó a la Peña de Francia. Era un risco abrupto, inaccesible, con su parte de leyenda y misterio. Pero en su interior resonaba aquella voz misteriosa: Simón, vela y no duermas. Y una noche tormentosa, un rayo partió una roca y en el hueco encontró a la imagen de María, escondida no se sabe por quién.

 

Y cumplió lo que sentía en su interior. Desde entonces, 1438 en que murió Simón Vela, son muchos hombres, mujeres, niños… los que han llegado a esas alturas. Quizá hayan sentido en su interior esa llamada a “velar”, a no vivir solo para dormir o dormir solo para vivir. Estar atento a lo que importa, a no perderse en sueños irreales, sino en la necesidad de ver su interior de verdad y analizar por dónde van sus caminos.

 

Perderse en la soledad de un risco, contemplar el vuelo silencioso de los buitres, escuchar el parloteo de los cuervos al atardecer, vivir en solitario, aunque solo sea una hora, limpia el alma. Y, si al final entras en el Santuario, ya silencioso, y hablas con Dios a través de María, y analizas tu camino y descubres rutas equivocadas y surge en ti un deseo profundo de cambiar de dirección, quizá no vuelva, pero ya has obtenido lo que en el fondo buscabas. ¿No es suficiente?

 

 

 

Salustiano MATEOS, dominico