CUADERNO DEL CAMINANTE

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Cuaderno del caminante

 

 

 

EL SILENCIO ENSORDECEDOR

 

 

La marabunta que ruge a lo largo del día en la Peña de Francia, ha desaparecido y la montaña se vuelve silenciosa, profundamente silenciosa. No se oye el rumor de los motores, tampoco la conversación insulsa que grita por doquier el descubrimiento de una lagartija o la vista de una cabra hispánica en la roca más cercana. Todo se ha vuelto mudo y solo se escucha el leve chillido de algún gavilán o el graznido de un cuervo que rompe el silencio ambiental.

 

 

Es esa hora maravillosa de la mañana, cuando el sol comienza a despuntar o la caída del día, mientras la puesta de ese mismo sol tiñe la montaña de un color nostalgia donde la sombra del perfil de la Peña se alarga sobre la sierra salmantina.

 

 

Es la hora del silencio, un silencio denso, ensordecedor por su intensidad. Todo parece recobrar el ambiente de un lugar inhóspito donde los hombres sólo subieron a respirar y contemplar paisajes novedosos o escuchar un silencio desconocido, tanto para la vista como para el oído. En la altura destaca el santuario y en su interior la imagen de la Virgen morena, a cuyos pies los peregrinos han dejado jirones de su vida. Esos jirones hechos de alegrías profundas y tristezas adheridas con fuerza a la vida de las personas.

 

 

Pesa mucho en el alma todo ese contenido y sólo a los pies de quien puede darle nuevo sentido se deposita con la esperanza, siempre viva, de que ella sabrá darle nueva dimensión. Es ese silencio preñado de esperanzas que se ha  ido desgajando de la montaña para acompañar a esos fieles peregrinos que vuelven  con el alma un poco más joven. Es el silencio que, quizá, todos estamos buscando porque nos hemos llenado de demasiados ruidos que, esos sí, nos habitan ensordecedores y nos martillean en el cuerpo y en el alma.

 

 

 

Fr Salus MATEOS, dominico